sábado, 16 de enero de 2016

Crimen en la Madrugada (Velmiro A. Gauna)

—¿Órdenes para el día de hoy, señor comisario? 
La mirada de don Frutos, entretenida en observar la espuma del mate que se disponía a sorber, se levantó, como con pereza, desde la boca del recipiente para clavarse en la figura tiesa del oficial sumariante, detenido respetuosamente a un paso de distancia: los talones pegados, las puntas de los pies separadas, las manos adheridas al costado, el pecho saliente, la barbilla alzada, en impecable posición militar. Luis Arzásola se había incorporado, el día anterior, al personal, excelentemente recomendado por el jefe de policía de la capital correntina, pero sus actitudes y procederes, desacostumbrados en Capibara-Cué, desconcertaban a cada momento al comisario. 
— ¿Qué clase 'e ordene, oficial? 
—Las rutinarias, señor; horario de instrucción y academia para la tropa, lectura y despacho de correspondencia, actualización de prontuarios, investigación de los casos pendientes, etc. 
—Primero vua terminar este amargo —dijo don Frutos y, tras reflexionar un poco, agregó:—y descanse, nomá, m'hijo porque de no va a quedar envarao n'esa postura. 
Arzásola aflojó algo la tiesura de su posición y aguardó hasta que su superior, entregando el mate vacío al agente Ojeda, prosiguió: —Vea, mi amigo. . . Yo no sé cómo se manejan loj policía 'n la capital, pero aquí n'el campo no tenemos denguno d'esos lío y noj arreglamo como Dios noj da a entender. Desde aquí vichamos a loj forastero que caen al pueblo, mandamo unoj agente cuando hay baile, carrera, riña 'e gallo o tabeada y estamo listo p'acudir siempre que haiga bochinche... 
—¿Y en caso de robo, asesinato o delitos similares? 
—Tonses vamo p'al lugar del hecho, investigamo y metemo n'el calabozo al culpable, pues. 
—Está bien, señor, seguiré sus métodos, ya que debo acatarlos por disciplina, pero permítame que me atreva a decirle que soy escéptico. 
—No tenga vergüenza d'eso, ufisial —intervino el cabo Leiva—, aquí también tenemo a don Nicodemo qu'es diabético . . . 
El asombro dejó mudo a Arzásola, y el cabo prosiguió: 
—Pero doña Belén, la curandera, lo está mejorando grande, nicó con tecitos 'e hojas 'e mora negra. ¿Por qué pa no la va a ver ansí lo cura? 
—¿Curar de qué? —tronó el otro. 
—Y d'ese mal que usté sufre, pues... ¿No dijo qu'era esético? 
—Escéptico no quiere decir que esté enfermo de nada, sino que dudo de los resultados del sistema policíaco aquí imperante, señor cabo. 
—Y güeno, perdone... el que tiene boca s'enquivoca —concluyó Leiva. 
Don Frutos, al parecer indiferente, seguía con su rosario de mates, pero en los ojos le brillaba una lucecita de malicia. 
Pocos minutos después llegó a todo galope un peón de la estancia Las Palomitas para denunciar que, en horas de la madrugada, alguien había muerto de un tiro a don Lucas Britos, el dueño del establecimiento. 
Dejando a Leiva a cargo de la comisaría, montaron a caballo y partieron don Frutos, Arzásola y el agente Gutiérrez hacia el lugar del suceso que se encontraba a unas tres leguas del pueblo, sobre el camino real, y arribaron en algo menos de una hora. 
Era una mañana de setiembre y los campos, estaban verdeantes y floridos. Cuando llegaron, el peón que iba con ellos bajó a abrir la tranquera y la comisión entró por un bien cuidado camino de tierra bordeado por frondosos paraísos. A un lado se veía un monte de naranjos y limones y, al otro, las vastas praderas cubiertas con mugidora hacienda. 
—¿Era hombre rico el señor Britos? —interrogó el oficial. 
—Lo que se dice forrao 'n plata —le respondió don Frutos. 
Pronto llegaron al casco de la estancia constituido por las habitaciones para los dueños y los galpones donde almacenaban los productos de la misma. A un centenar de metros se alzaba una enorme construcción donde vivían los peones y, en sus cercanías, se desparramaban corrales, establos, depósitos y bebederos. 
Apenas se hubieron apeado, dos hombres jóvenes se adelantaron a recibirlos: uno tendría unos veintidós años, era moreno y agraciado, no obstante las huellas de dolor que exhibía su rostro; el otro, que andaría rondando los treinta, era rubio, delgado y ágil, revelando un gran dominio de sí mismo. 
Don Frutos, que los conocía, los presentó a su acompañante como Julián Enciso, sobrino de los dueños, y Arístides Tortorelli, médico, que atendía al extinto ya que, explicó, sufría del corazón. 
—¿Qué ha pasao, Julián? —preguntó luego. 
—Algo terrible, don Frutos. . . Esta madrugada me despertó un ruido terrible como si fuese un tiro. Medio dormido, esperé un momento por si se repetía y, después, me levanté asomándome a la puerta del patio interior. Allí vi a mi tía que ya se había levantado y me dijo: "—Julián, fíjate en la pieza de Lucas a ver si está bien". Me dirigí a ella y, cuando iba a abrir, llegó el doctor y entramos juntos. 
—Yo también fui sorprendido por el disparo —intervino el galeno— salté de la cama, miré por la ventana, pero no vi nada; luego oí voces en el patio interno y salí cuando Julián iba hacia la pieza de mi cliente. . . Entramos, encendimos la luz y lo hallamos agonizante, con una terrible herida en el pecho y en medio de un charco de sangre. Rápidamente traté de hacerlo reaccionar y detener la hemorragia, pero, a pesar de que hice cuanto estuvo en mis manos por salvarle la vida, murió a los pocos minutos sin recobrar el conocimiento. . . 
—¿Tenía algún enemigo? —aventuró el oficial. 
—Que yo sepa, no. . . —contestó Julián. 
—Bueno, aclaremos —dijo el médico,— enemigo puede ser que no, pero resentido sí, ya que Pancho Mena no quedó muy satisfecho cuando lo volvieron al campo. . . 
— ¡Bah! Ése es un infeliz. . . —replicó el joven despectivamente, pero Arzásola insistió: 
—¿Cómo fue eso? 
—En la casa teníamos un muchachón que ayudaba en la cocina y servía para los mandados, pero era un poco mano larga con las mujeres y, hace unos días, al querer abrazar a una de las mucamas que limpiaba el comedor, hizo caer un jarrón al que tío tenía en gran estima, por lo que, encolerizado, lo mandó al galpón de los peones, pero no creo que haya sido capaz de nada malo. . . 
—¿Cuál es su nombre? 
—Francisco Mena, pero todos le decimos Pancho. 
—¿Y doña Esperanza? —dijo entonces don Frutos. 
—Está desesperada, lógicamente. Eran tan compañeros. . . 
—Le di un calmante y ahora está dormida —indicó el médico—; conviene no molestarla. 
—Ta bien, vamoj a ver al pobre don Lucas. 
—Todo está igual —explicó el doctor Tortoreili—, tuve cuidado que no se moviera sino lo indispensable. 
Las habitaciones estaban dispuestas en forma de herradura, con puertas que daban a un patio interior, mientras, hacia el exterior, tenían grandes ventanas. En el ala izquierda estaban el comedor, la habitación de Julián, después venía la de la dueña de casa y, en la esquina, el dormitorio del señor Britos. Seguían, luego, dos piezas destinadas a oficinas que la unían en el ala derecha donde se encontraba el cuarto de huéspedes que lo ocupaba el médico, la despensa, cocina y otras dependencias y, finalmente, tres piecitas más largas que anchas, para el personal de servicio. 
Fuera de las ropas del lecho, empapadas en sangre, no había nada anormal en la habitación del difunto. 
Con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos cerrados, el anciano parecía dormir y, al verlo, Julián no pudo reprimir un sollozo. 
—El disparo lo sosprendió en el lecho y allí no más quedó —explicó el médico. 
—¿No podría ser un suicidio? —Sugirió Arzásola. 
—En ese caso habría rastros de la deflagración de la pólvora. . . 
—Dispué, si tenía ganas 'e morir no hubiera contratao un médico pa que lo cuidara —deslizó don Frutos. 
—El tiro parece haber venido desde allí. . . —dijo el sobrino y señaló la ventana. Ésta era de las llamadas de guillotina y se abría a un metro y medio del suelo, por lo que un hombre, desde afuera, no hubiera tenido ningún inconveniente en hacer blanco en el durmiente. 
—Aja —aceptó el comisario—. ¿Y aquí adentro no encuentraron el arma? 
—Por lo menos a la vista no está. 
Buscaron entre los muebles y tampoco la hallaron, por lo que el funcionario ordenó: 
—Ta güeno, prepárenlo pa'l entierro nomá, aquí parece que nú hay nada más que ver. 
Mañana, una ve que lo haigan llevao pa'l Cimenterio u vua venir pa seguir con 1'investigación. 
—Si usted me permite, señor comisario, voy a quedarme a hacer algunas averiguaciones por mi cuenta —solicitó Arzásola, y volvió a cuadrarse militarmente. 
—Hágase'l gusto —concedió don Frutos—, pero trate de no molestar a la gente, que ya tiene bastante trajín con su pena. Ahí le dejo a Gutierre pa que lo ayude. 
Después de lo cual se despidió, montó a caballo y volvió al pueblo. Pasado el mediodía regresó Arzásola con el agente y un preso. Era éste un mozo de pequeña talla, cabellos hirsutos, labios abultados y gruesas manos cortas, que venía con la cabeza gacha en gesto de cerrada obstinación. 
El oficial volvía exultante, y apenas descabalgó dijo: 
—Señor comisario, tengo importantes novedades. 
Don Frutos, que cuidaba una tira de asado que se doraba sobre las brasas, en un costado del patio, solamente respondió: 
— ¡Aja! —y roció la carne con salmuera. 
—En primer lugar, encontré entre los pastos el arma homicida. 
Al decir esto enseñaba una bolsa de papel que traía en la mano, donde se notaba el bulto del arma. 
—Después supe que Pancho Mena volvió muy agitado al galpón pocos minutos después de haberse escuchado la detonación y no ha querido decir donde estaba. 
El comisario dio vueltas a la carne y, dirigiéndose al detenido que se hallaba junto al agente, hosco y calado, le dijo en guaraní: —¿Mamó pa rejo, Pancho? (¿Dónde te fuiste, Pancho? ). Sin alzar los ojos del suelo, el paisanito permaneció en la misma actitud sin articular palabra 
—Güeno, Gutierre, mételo n'el calabozo pa que haga memoria —sentenció el comisario. 
—Ahora —continuó el oficial— la solución será fácil. Enviaré el revólver a la capital para que en el Gabinete de Dactiloscopia busquen las impresiones digitales, y una vez conseguidas éstas sacaremos las de los sospechosos y las cotejaremos. El crimen no puede vencer a la ciencia. 
—Bien, oficial. Esta tarde saldrá pa la capital l’ híjo 'e don Quinca en su forcito, y él puede hacerte la deligencia. 
— ¡Espléndido! Yo mismo iré a darle todas las instrucciones y así, a su vuelta, sabremos quién es el culpable. 
—Perfeuto, oficial, pero aura vamoj a meterle el diente al asao antes que se noj pase. 
Como no habían comido nada desde la mañana, ninguno se hizo de rogar y en pocos minutos dieron cuenta del mismo. Luego, mientras don Frutos se retiraba a dormir su siesta habitual en un sillón, a la sombra del Jacarandá del patio, Arzásola salió a enviar el arma a la capital, y, a la vuelta, acomodándose en el escritorio se puso a organizar su plan de campaña, y cuando, horas más tarde, el comisario entró al local desperezándose y listo para tomar su ronda de mates, le dijo: 
—¿A qué hora será el interrogatorio de los moradores de la estancia? 
—A las cuatro 'e la tarde. L'entierro será a la mañana, pero quiero darles tiempo pa que se serenen. 
—Muy bien, entonces creo que para las cuatro y media podré anunciar el nombre del culpable. 
—Más vale ansí, oficial... 
El informe que a la mañana siguiente se recibió desde la capital provinciana enfrió algo el optimismo de Arzásola. Lo leyó, primero para sí, y luego en alta voz, para su superior. "Comunico a usted que en el revólver, calibre 38, N° 328.128, enviado ayer, no se han podido hallar impresiones dactilares, aunque por estar recientemente envaselinado, se notan huellas de dedos por lo que debe presumirse que quien lo usó, utilizó guantes. El examen microscópico señala la presencia de algunos granos de talco adheridos." 
—¿Nada más? 
—Nada más, don Frutos. Ahora se va a hacer más difícil la investigación, aunque considerando la oportunidad y los móviles, gracias a un proceso eliminatorio, pienso arribar, igualmente, a la verdad. 
El comisario no agregó palabra, y esa tarde, a la hora dispuesta, partieron para la estancia llevando con ellos al empecinado Pancho Mena que seguía negándose a responder a las preguntas. 
Cuando llegaron ya los esperaban en el comedor la viuda, el sobrino y el médico. El preso, esposado, fue colocado en una silla, a un costado. 
—Lamento tener que molestarlos cuando su dolor está aún fresco —se disculpó don Frutos—, 
pero ha habido un crimen y es nuestro deber buscar a su autor. 
—Estamos dispuestos, comisario —dijo la viuda—; puede empezar. . . 
—Güeno, l'oficial aquí presente es quien va a interrogarlos. 
Arzásola, sacando unos papeles, dio comienzo: 
—Pido que no se vea en mis palabras nada ofensivo, sino solamente el deseo de esclarecer este misterio. 
Hizo una pausa y prosiguió: 
—Hasta tanto se descubra la verdad, todos ustedes pueden ser tenidos como culpables... 
— ¡Es absurdo! Tía no. . . —interrumpió Julián. 
—Déjalo —dijo la señora, y agregó—: prosiga. 
—Bien —siguió Arzásola—, ésta es el arma homicida. ¿La reconocen? 
—Sí —exclamó Julián—, estaba en el cajón del escritorio de tío. 
—¿Quiénes sabían donde estaba guardada? 
—Todos —dijo pausadamente doña Esperanza—. Para nadie era un secreto que el revólver estaba allí y cualquiera de los habitantes de la casa pudo llegar hasta él. 
—¿También Pancho Mena? 
—También —respondió el médico—; no hay que olvidar que había vivido aquí hasta hace unos días y conocía, como todos, su ubicación. 
—Bien. Como ustedes ven, los cuatro pudieron haber retirado el arma y los cuatro pudieron, también, haber efectuado esa noche el disparo fatal. Analicemos, ahora, los móviles. 
Hubo un minuto de tensa expectación y Arzásola, mirando sus apuntes, leyó: "Señora Esperanza D. de Britos. Oportunidad: Su pieza está cerca de la entrada y pudo haber regresado rápidamente a ella. No debe olvidarse que, al salir los demás, al oír la detonación, ya estaba afuera. Móvil: Quedar en posesión de la herencia." 
-Este... 
—Sí, señora. . . 
—Creo que usted debe saber que fui yo quien aportó los bienes a la sociedad conyugal y siempre pude disponer de ellos a mi antojo. . . 
—Pasemos, entonces al segundo de los presentes: 
"Julián Enciso, sobrino del extinto. Oportunidad: Como pocas, pudo haber hecho el disparo, arrojado el arma y volver a su pieza entrando por la ventana. Móvil: La parte de la herencia que le corresponde." 
—En cuanto a la oportunidad es como usted la pinta, pero en lo que respecta al móvil, sepa usted que mis padres me dejaron mucho más de lo que puedo gastar y que mis tíos, que me criaron como a un hijo, jamás me hubieran negado lo que les hubiese pedido... 
—Hasta el último centavo si fuera preciso, Julián. . . —dijo la viuda. 
Consideremos, ahora, —al doctor Arístides Tortorelli. . . 
—Voy a ayudarlo, oficial —dijo el facultativo—, diciendo que, por razón de mi profesión, tuve siempre la mejor de las oportunidades ya que me hubiera bastado equivocarme en la dosis de digital o haber inyectado unos centigramos más de sulfato de esparteína . . , ¿A qué, entonces, andar a los tiros? Por otra parte, la muerte del señor Britos me perjudica porque pierdo un buen cliente, así que tampoco tengo un móvil. . . 
—Lucas no se olvidó de usted en su testamento —interpuso doña Esperanza—, y tengo entendido que se lo había dicho. . . 
—Sí, pero pensé que era una broma. 
—Mi marido no era amigo de esa clase de chistes, bien lo sabía usted... 
—De todas maneras, creo acertado su descargo -continuó Arzásola—, ya que tuvo oportunidad de hacerlo en forma silenciosa y aparentemente natural sin correr los riesgos de andar a los tiros. 
—¿Entonces? —dijo don Frutos, rompiendo su mutismo ¿Sólo queda Pancho? 
—Exacto: Francisco Mena, alias Pancho. 
"Oportunidad: Conocía la casa con todos sus pormenores y volvió al galpón, después de haberse oído la detonación, sin querer dar razón de su ausencia. Móvil: La venganza, porque días antes fue reñido ásperamente por don Lucas y desalojado de la casa.". 
—¿Qué tienes que decir a todo esto, Pancho? —dijo la señora con dulzura—. ¿Fuiste tú? 
— ¡No, señora! ... ¡Se lo juro! 
—¿Dónde estuviste? 
—Vine a ver... a la Juana. Pero no estábamos haciendo nada malo, sino conversábamos no-má, doña Esperanza. . . Cuando oí él tiro creyí que me habían confundido con un ladrón que quería dentrar por la ventana y salí corriendo. . . 
—¿Y no vio a nadie? —requirió el oficial. 
—Que pa iba a ver, oficial, si ni siquiera me di güeltas en la disparada. 
—Ta güeno —dijo don Frutos—, -aura esperemén un momento que vua buscar unoj testigo. 
Salió de la habitación y volvió, como a los diez minutos, con una cajita alargada. 
—Pero. . . ¿Y Juana? —¿Juana? —preguntó .Julián—. Tenía entendido que iba a buscar unos testigos. . . 
—Y aquí están —respondió y sacó un par de guantes de goma. 
—Esos guantes son míos —saltó Tortorelli. 
—Sí y son la prueba que usté mató a don Luca. . . 
—Es ridículo... ¿Por qué había de hacerlo así y no con una droga? 
—Porque tuvo miedo que al morir de otro modo llamáramos a otro doutor y con l'utosia se 
descubriera su falta, pues. 
No son sino antojadizas suposiciones suyas. 
—Ta enquivocao. Usté con loj guante no dejó marca n'el rególver, pero el rególver, le dejó la marca n'el guante. 
Señaló unas manchitas oscuras en el dedo índice de uno de ellos y agregó: 
—Al apretar el gatillo se manchó 'e vaselina y endemá dejó unas motitas 'e talco n'el arma. 
—Un examen microscópico de ambas cosas nos permitirá comprobar su similitud —terció Arzásola. 
—No hace falta —concedió el médico—. Al fin y al cabo se va a descubrir. 
—¿Por qué? . . . ¿Por qué lo hizo? —sollozó la señora. 
—Porque estaba cansado de la vida del campo y me apremiaban las deudas. Al saber lo del legado me cegó la ambición y nunca creí que estos policías de campaña pudieran descubrirme. 
—Yo tampoco lo hubiera sospechado. ¿Cómo hizo para llegar a la verdad, don Frutos? — preguntó Julián. 
—Cuando supe que el creminal había usao guantes discarté al pobre Pancho, que tiene manoj 'e sapo y jamás los ha usao. Luego al saber que habían hallao unoj granito 'e talco pensé: "El talco se usa pa las cosas e'goma y los médicos usan guantes d'esa clase". Y má se me hizo sospechoso cuando el doutor quiso hacerme crer que no tenía motivo siendo que sabía que a la muerte 'e don Luca iba a recibir una ponchada de pesos . Como tuito jue tan rápido esa noche, calculé que tendría entuavía loj guante y salí pa buscarlos en su pieza y ver si tenía la mancha 'e vaselina. Revisé un poco y loj encuentre... Y aura vamo, doutor. 
—Vamos —accedió Tortorelli sombríamente. 
Y el culpable, escoltado por los policías, salió con la cabeza gacha de la habitación donde seguían sonando tristemente los sollozos de la pobre mujer.
Velmiro A. Gauna

jueves, 14 de enero de 2016

El Permiso (Velmiro A. Gauna)

Cuando Petronila Almada entraba, por casualidad, en el almacén de don Pedro o andaba por las calles desparejas de Capibara-Cué, los hombres la miraban con ojos relampagueantes de lascivia o dejaban caer, en su honor, las flores de los requiebros. 
Pero la madre, la viuda doña Micaela, no le perdía pisada y la tenía atada a las faldas, al decir de varios pretendientes que habían ido, inútilmente, a rondar la casa donde vivía, allí donde el pueblo terminaba para dar comienzo al campo. 
—Pa mí —decía Pancho López— que va a quedar pa vestir santos... 
— ¡Y está linda la guaina! —aseveraba Aniceto, el peón del carnicero-; tiene la boca mesmo que la flor 'e ceibo... 
—Lo demás, pa que vamoj a haular... —suspiraba el morocho Contreras— parece que la blusa le juera a reventar... 
—No sigas, chamigo, qu' laj gana me se hace agua la boca —suspiraba Pancho. 
Con todo no tenía novio ni simpatía conocidas porque la madre cuidaba de mantenerlos a raya, ya que decía que "entuavía estaba muy tierna". A dos o tres que cayeron al rancho, como de visita, los sacó con cajas destempladas o los atendió de tal manera que enfrió sus entusiasmos. 
Y los días que pasaban parecían poner más encantos en Petronila tornando más de seda sus largos cabellos negros, volcando más sombras en sus ojazos y llenando de turgencias a su cuerpo joven. 
Hasta que un día sucedió lo inesperado. 
La muchacha salió, como todos los atardeceres, a buscar la vaca lechera para tenerla en el corral cerca de "las casas". 
No la encontró en los lugares habituales y supuso que se habría refugiado en una isleta de espinillos que estaba en el fondo del potrero, ya que la tarde había sido tórrida y aún las 
chicharras hacían oír su áspero vibrar en medio del silencio. 
En una de esas bruscas transiciones del trópico la luz pareció naufragar en el ocaso y las sombras se desparramaron por el campo, pero ella, conocedora del terreno, se internó entre los árboles por un sendero tortuoso que reptaba entre los matorrales. 
De pronto una mano cayó sobre su boca y le apagó el grito de sorpresa. Luchó, pero fue vencida y arrojada sobre la hierba muelle. Una boca ardiente reemplazó a la mano que se echó a volar hecha caricias sobre su cuerpo. De la tierra se elevaba un tibio hálito y las sombras cómplices los aislaron del mundo. 
Después ni un adiós, ni una palabra tuvo del bulto que se enterró en la noche. 
Lentamente se alzó y volvió aturdida. Anduvo por costumbre hacia el rumbo del hábito. 
Poco después oyó el llamado de Ña Micaela martillando su nombre. 
— ¡Petroniiila!... ¡Petronii... la! 
La angustia se desangraba sobre la aguda punta de las íes. 
— ¡Petroniii...la! 
Al verla llegar se encrespó la vieja vociferando: 
—¿Onde pa* te juiste a meter?... La vaca vino sola p'al corral... 
La joven siguió muda, combatida por extrañas sensaciones, sin saber si alegrarse por la revelación o llorar por la inocencia asesinada. 
Súbitamente el instinto maternal de doña Micaela pareció intuir el drama. 
— ¡M'hija!... ¿Qué te ha pasao, m'hija? Petronila se lanzó a abrazarla y lloró por única respuesta. 
—¿Quién jue?... ¿Decime pa quien jue el sinvergüenzo? —clamaba la vieja. 
—No sé, mama... no sé... M'agarró 'n lo oscuro. 
Las dos entraron al rancho moliendo su amargura. 
Temprano estuvo la madre en la comisaría con su indignación y su vergonzosa queja. 
—Y lo qu'es pior, don Frutos —rezongaba— es que ni la color 'e la piel sabe. Mesmo que si juera un fantasma. ¿No haberá sido una aparición? 
—Perdé cuidao, Micaela, que loj fantama asustan a l'aj vieja, pero estoj que si agarran'elaj muchacha son 'e carne y güeso, pero andá nomá y no hagas bulla pa no espantar al pescao. 
Cuando la vieja se hubo retirado, el cabo Leiva, que había asistido a la entrevista, le alargó un mate e insinuó: 
—Pa mí qu'esta 's una diablura 'e loj muchacho. Se le salía loj ojo cada ve que la guaina caiba '1 boliche. 
—Sí, ¿pero cuál? Ahí van mucho y nú cuestión 'e meterloj apreso porque sí. 
-¡Aja! 
—Pero no te aflijas, qu'el que hizo la fechuría no se me va a dir... 
Siguió tomando mates en silencio y mesándose la corta y puntiaguda barba hasta que, de pronto, una lucecita maliciosa le brilló en la mirada. 
— ¡Ya está! —dijo—. Ya sé cuala es la trampa que vua poner pa que caiga '1 zorro. 
— ¿Cuala, don Frutos? 
El comisario explicóle, entonces, su plan y, después de escucharle, Leiva también se echó a reír exclamando: 
— ¡Ja! ... ¡Ja! ... Se va a tragar la carnada y el anzuelo mesmo que dorao angurriento. 
—Vaj a ver como viene sólito a denuncearse. 
¡Y de no! Yo también lo haría si juera 
Ese mismo día, que era domingo, a la hora de la siesta, comenzó a bullir de parroquianos el boliche de don Pedro. Los paisanos venían a divertirse jugando a los naipes, a las bochas o, simplemente, a conversar y a beber. 
El cabo Leiva pasaba por entre las mesas arrastrando su sable y gustando, de tiempo en tiempo, alguna copa que el patrón o los clientes le ofertaban. Un muchachón, de los tantos ociosos, que estaba en la puerta, advirtió, de pronto: 
— ¡Peina! * Se me hace que viene '1 carro 'e la Micaela... 
Aniceto se acercó a su lado y confirmó: 
—El mesmo, lo conozco en la manera 'e bracear al tostao. 
Y, en seguida, agregó anheloso: 
—¿Traerá a la hija? 
Varios se le agregaron curiosos y quedaron a la expectativa. 
Grande fue su asombro cuando vieron bajar del pescante al doctor Lévinsky, de Ramada Paso, y a don Frutos, el comisario, quien, al entregar las riendas a doña Micaela advirtió con voz que no ocultaba su severidad: 
—Aura seguí y obedecé lo que dijo el doutor. 
—Sí don Frutos —asintió la mujer. 
En la parte de atrás estaba el bulto de la hija cubierto con un manto oscuro. Sus manos se aferraban a la baranda y apenas se veía el brillo de sus ojos, pero un golpe de viento hizo caer el velo que la cubría y los espectadores que esperaban gozarse con su belleza, quedaron horrorizados. 
Petronila los miraba con ojos llorosos, el rostro hinchado y rojizo y los desnudos brazos con enormes ronchas. 
— ¡No se acerquen! —dijo entonces el doctor— en voz baja. 
—Seguí, Micaela —ordenó don Frutos, y la vieja obedeció mientras la joven alzaba el manto y volvía a cubrirse. 
Apenas el carro se hubo alejado por la calle polvorosa, espantando a las gallinas y a los 
perros, el doctor y el comisario entraron al negocio. 
—¿Tiene alcohol puro, don Pedro? —solicitó el primero. 
—Sí, doctor —contestó el comerciante, y le alargó una botella. 
Entonces el galeno la tomó y se volcó un generoso chorro en las manos, diciendo: 
—Usted también, don Frutos, no hay que descuidarse. 
El comisario repitió la operación, pero llevó su celo al extremo de pasarse el antiséptico por el cuello y la cara. 
La curiosidad pudo, entonces, más que la prudencia y uno interrogó: 
—¿Qué le pasa a la Petronila? Taba hinchada pior que un escuerzo... 
—Francamente no sé, pero no me gusta nada su aspecto y como puede ser algo peligro sola hice dejar el pueblo. 
El temido fantasma de la lepra abrió las puertas del miedo. 
—¿No haberá peligro 'e contagio, doutor? —dijo alguien. 
—No, únicamente para el que la haya tocado, por eso también envié a la madre. 
—Menos mal —dijo don Pedro. 
—Sí, pero quien la haya aunque sea rozado la piel de la cara y de los brazos, ése, está listo a no ser... 
Esperó un momento y luego dijo: 
—A no ser que antes que se cumplan las 24 horas de haberla tocado se ponga una inyección de este remedio. 
Sacó del bolsillo una ampolla de líquido incoloro y la enseñó. 
—¿Por qué pa* no me la pone a mí, doutor? —pidió Aniceto. 
—¿Por qué?... ¿Acaso vo la anduviste manoseando? —sugirió don Frutos. 
—No, don Frutos, pero estuve ahí cerca, pues... 
—Entonces no hay peligro por más cerca que haya estado—explicó el médico— y concluyó: lo que importa es el roce... 
—Felizmente vivían lejos y naides se haberá infestado —finalizó don Frutos— porque sería una pena tener que mandar algún otro p'al lazareto. 
Los recién llegados bebieron una copa de caña, junto al mostrador, y luego fueron para la 
comisaría. 
Se habían acomodado ya para la vuelta del mate cuando el agente entró diciendo: 
—Ahí ajuera está Pancho López que quiere ver al doutor... 
—Que pase. 
Enseguida entró un mozo de unos 25 años, delgado y recio pero que, en esos momentos, daba claras señales de gran nerviosidad. Saludó y dijo: 
—Vengo pa que me ponga la indicción. 
—¿Y por qué pa* vos, m'hijo? —preguntó don Frutos melosamente. 
Vaciló el otro y quiso explicar. 
—Por... porque tengo miedo, pues. 
— ¡No se diga un mozo tan juerte!... Anda tranquilo que no te va a pasar nada. La 
indicción es pa quien la haiga tocao a la Petronila. 
—Güeno, don Frutos, la cuestión es que yo anoche me la escuendí al paso y l'agarré 'n l'escuro. 
— ¡Salí de'ahí! Estás mintiendo pa que te ponga '1 rimedio. Vo sabe que una jechuría 
ansina contra una menor se paga con años 'e cárcel. ¡Ándate, m'hijo! 
Vaciló Pancho y, luego, refirmó: —No, don Frutos... Pregúntele a ella si anoche alguno... 
—Es cierto. La madre denunció '1 caso, pero no creo que haigas sido vos. 
—Jui yo, don Frutos, jui yo... —casi sollozaba el mozo. 
—¿Tas dispuesto a diclarar en serio y a firmar, m'hijo? 
—Sí, don Frutos, pero rápido pa que me ponga l'indicción, prefiero dir a la cárcel y no al lazareto. 
El oficial levantó el sumario que el muchacho firmó, con el doctor como testigo. Luego este último le aplicó la inyección, que era de agua destilada y la que Pancho aguantó estoicamente. 
—Bueno —dijo el médico—, ahora vaya a dormir y mañana, a las diez, vuelva, pero bien 
vestido por si tenemos que ir a la ciudad. 
— ¡Cómo! ¿Y no me pone preso? —se extrañó. 
—No ti apures, m'hijo, ya haberá tiempo pa todo —contestó don Frutos. 
Puntualmente, a la hora fijada, llegó Pancho al otro día luciendo sus galas domingueras. El comisario lo recibió amablemente y lo invitó a sentarse diciendo: 
—Perate un momento que vua atender unaj visita. 
Y con voz más alta, añadió: 
— ¡Pasen! 
Al llamado entraron dos mujeres en quienes el asombrado Pancho reconoció a doña Micaela y a su hija, que lucía su fresca carita de antaño y la morbidez sin manchas de sus brazos. 
—Pe... pero...—exclamó señalándola con un dedo tembloroso— ¿No tenía la le...? 
—No, m'hijo —interrumpió don Frutos—, no tenía ni tiene nada. 
—Pero yo le vi la cara hinchada y loj brazos enllenito de ronchas... 
—Lo mesmo ti hubiera pasao a vos si te los hubieras frotao con ortiga macho... 
—¿Entonces, tuito jue preparao? 
— ¡Claro! Pa hacer cair a un zorro que si había escapao 'n l'escuro. Y aura decidí: o te mando a la cárcel por varioj año por lo que has hecho o te casas con ella. 
Pancho López comprendió que estaba perdido sin remedio, pero miró el rostro bello de la muchacha y su cuerpo incitante y se resignó: 
—Me vua casar siempre que Ña Micaela me dea su permiso... 
La vieja, que estaba silenciosa y aguantando la cólera, al oírlo, estalló: 
— ¡Permiso!... ¡Permiso! ¡A güeña hora ti acordás e' pedir permiso, sinvergüenzo!

Velmiro A. Gauna

miércoles, 19 de agosto de 2015

El rancho

A la margen de un arroyo encantador, a cuatro pasos de su orilla y a la sombra de un grupo de sauces elevados y coposos, una simple estancada en un ámbito de seis varas en cuadro, sosteniendo un techo de paja con paredes formadas de junco o de ramas: tal es el rancho del isleño. Es su obra de pocos días, que dura muchos años. Su mueblaje se compone de un cañizo para dormir, y otro más alto para despensa; una mesa de ceibo; algunos bancos y platos de la misma madera; asador, olla y pava o caldera de hierro, un mate y un saco de camuatí para la sal. He aquí un edificio que, con su menaje todo, no vale tanto como uno solo de los muebles que el lujo ha hecho necesarios al habitante de las ciudades. Y esa pobre choza con su rústico ajuar comprende cuanto el hombre puede necesitar para su seguridad y reposo, su comodidad y placer… pero que no se aloje en ella el que haya llegado a enervarse al extremo de ser más delicado que el picaflor que la prefiere para suspender bajo su alero la cuna de sus hijuelos.
¡Cuán poco necesita el hombre para vivir satisfecho y tranquilo, cuando las necesidades ficticias y las vanidades del mundo no le han hecho esclavo de mil gustos nocivos e innecesarios, de mil ridiculeces, y de un sinnúmero de costosas bagatelas!
¿Qué artesonado puede igualarse a la pompa y hermosura de un grupo de sauces de Babilonia que abraza en su extensa bóveda la cabaña con su patio y el puerto y la chalana y el baño, defendidos del sol por sus ramas colgantes frondosísimas?
Aun consultando la variedad y delicadeza de los gustos (si se ha de combinar sus satisfacción con la salud), nada de las mesas opíparas se puede echar de menos al probar las sencillas preparaciones del fogón de las islas.
Yo, hasta ahora, no he gustado un plato que supere al odorífico y jugoso asado, que sólo nuestros campesinos saben preparar. Difícilmente la cocina del rico aderezará un manjar tan sabroso como sano y suculento. Para el sobrio habitante de las islas, el simple te del Paraguay o mate suple con ventaja, para su paladar y su salud, a todos los licores y pociones conocidas. El agua exquisita que corre al pie del rancho del carapachayo bastaría para hacerlo preferible a las habitaciones ciudadanas con todas sus bebidas peregrinas. El agua del Paraná, tan digna de su fama por su excelencia, quizá sea más eficaz que todas las panaceas y elixires inventados, para recobrar la salud y conservarla.
¡Oh, qué hechicera y agradable es la morada del isleño a la margen del arroyo, al abrigo de los copudos sauces, con su baño delicioso y su chalana!
¡Qué deleitable contemplar las bellezas de la primavera desde el rústico y pintoresco albergue! ¡Qué grato es aspirar el aire vivificante de la mañana que penetra en el rancho libremente, incitándonos a gozar el bello espectáculo de la salida del Sol!

Marco Sastre, Isondú, pag. 7-8.

martes, 18 de agosto de 2015

Las naranjas del Paí Pajarito (Velmiro A. Gauna)

Un día, Paí Pajarito decía misa. La iglesia estaba llena de bote a bote, pues, por ser el día de la Patrona del pueblo, se hallaba todo él congregado. Conviene decir que sobre uno de los costados del templo, había un patiecito cerrado, al cual únicamente se tenía acceso por la puerta de la Sacristía. En el centro de este patio y llenándolo casi por completo, crecía un alto naranjo, visible desde el altar mayor a través de los vidrios de una de las ventanas laterales. El viejo árbol, frondoso no obstante contar más de cien años de vida, -se decía que fue plantado por los jesuitas- conservaba a pesar de lo avanzado de la estación, semiocultas entre el verdor sombrío de su copa, una buena cantidad de naranjas, objeto del celo y de la vigilancia del buen padre, como que se daba el placer de ir saboreándolas poco a poco, cuando ya en otras partes no las había. Había transcurrido la mitad de la misa, cuando la apiñada multitud oyó con el estupor consiguiente, que el Paí pronunciaba las siguientes palabras, que no por dichas en guaraní, resultaban menos sacrílegas: Pe maé upe añá membí oyupiba ojobo (vean ese "hijo del diablo" que va subiendo). Mirándose los unos a los otros, los concurrentes se preguntaban si el Paí se había vuelto loco. Alguien insinuó que sin duda estaba borracho. Es que nadie había observado lo que el: un muchacho que habiéndose colado en un descuido por la puerta de la Sacristía y penetrado al patio, trepaba trabajosamente por el tronco del árbol.
Pero como simultáneamente, el Pai levantaba el cáliz conteniendo bajo la forma de la hostia, el cuerpo consagrado de Cristo, los concurrentes dedujeron que sus palabras se referían a éste.
Todos se habían puesto de pie, dispuestos a abandonar el templo. Como Paí Pajarito les daba la espalda, nada veía y seguía oficiando la misa. Cuando el Sacristán se le acercó y lo informó de lo que ocurría, grande fue su confusión. Apenas si podía creer que hubiera pronunciado tales palabras. En todo caso habrían salido de su boca sin darse cuenta. Rápido como la luz, salió por la puerta de la Sacristía y corrió hasta la puerta principal de la Iglesia, se plantó en medio de ella y abriendo los brazos en cruz para que nadie pudiera salir, apostrofó a la multitud con voz que nadie dejara de oír: "Vuélvanse a sus asientos. A quien yo me refería no era a Dios, sino al muchacho que subía a robar mis naranjas".

Velmiro A. Gauna

lunes, 17 de agosto de 2015

Patria

¡Patria! Te adoro en mi silencio mudo
Y temo profanar tu nombre santo:
Por ti he gozado y padecido tanto
Como lengua mortal decir no pudo.

No te pido el ampara de tu escudo
Sino la dulce sombra de tu manto;
Quiero en tu seno derramar mi llanto.
Vivir, morir en ti, pobre y desnudo.

Ni poder, ni esplendor, ni lozanía
Son razones de amar. Otro es el lazo
Que nadie, nunca, desatar podría.

Amo yo por instinto tu regazo;
Madre eres tú de la familia mía;
¡Patria! De tus entrañas soy pedazo.

Miguel Antonio Caro
Isondú, pag. 10