domingo, 29 de septiembre de 2019

Romance de ausencias

Arbolitos de mi tierra,
crespos de vainas doradas,
a cuya plácida sombra
pasó cantando mi infancia…

He visto árboles gloriosos
en otras tierras lejanas,
pero ninguno tan bello
como esos de mi montaña.

Mística unción del recuerdo
que me extremases el alma,
trayéndome desde lejos,
como en sutil brisa alada,
un arrullar de palomas
cuando el crepúsculo avanza;
un aroma de poleos
cuando el viento se levanta;
y en el silencio nocturno
un triste son de vidalas.

Algarrobal de mi tierra,
crespo de vainas doradas,
a cuya plácida sombra
pasó cantando mi infancia.

Ricardo Rojas 
“El Adulto” pág. 23-24

Saber callar

Vivía en cierto estanque una tortuga, con la que tenían íntima amistad dos grullas. Frecuentemente iban éstas a visitar a su amiga, pasando con ella momentos de agradable camaradería. A la puesta del sol, las grullas regresaban a su nido, muy satisfechas del paseo, pues la tortuga, aunque charlatana en exceso, era divertida y bondadosa. 
Pero he aquí que andando el tiempo, debido a una larga sequía agotóse el estanque, viéndose la tortuga en situación desesperada por falta de agua. Las dos grullas se afligieron mucho por esta desgracia, pues, como buenas amigas, no podían permanecer insensibles a la desventura de camarada. 
-En este lugar, dijeronle, no queda sino fango; tu situación nos amarga profundamente. 
-En verdad, contestó la tortuga: me será imposible vivir sin agua; pero no hay que desanimarse ante las calamidades, y yo hallaré salida a este aprieto si me prestáis ayuda. Traed un palo largo y recto y buscad un lago que tenga bastante agua. Me tomaré del palo con los dientes y vosotras agarraréis de los extremos, de modo que volando podáis transportarme por los aires. 
-Así lo haremos, amiga, dijeron las grullas; pero has de prometernos callar durante el viaje, para tu seguridad. 
Convenido esto, las aves echaron a volar, conduciendo a su amiga colgada del trozo de madera. Pasaron así sobre campos y ciudades, hasta que los habitantes de una aldea, sorprendidos ante tan extraño espectáculo y no pudiendo distinguir con precisión de esa manera, comenzaron a gritar: 
-¡Mirad, mirad!... ¿A dónde transportarán las grullas esa rueda? 
-No, exclamó alguien de pronto: no es una rueda: ¡es un queso! 
-¡Una sartén! ¡Es una sartén!, dijo un muchacho. 
Herida en su vanidad al ver que así la confundían, la tortuga no pudo contener su indignación, y olvidando los prudentes consejos de sus amigas, quiso protestar. Pero he aquí que al abrir la boca para hacerlo, soltó el palo y cayó, destrozándose contra el duro suelo. 
Las piadosas grullas tuvieron que lamentar la pérdida de su camarada predilecta, comprendiendo, sin embargo, que sólo ésta, por no haber sabido callar, fue la culpable de su triste fin. 

Fábula del Panchatantra 
“Cien Lecturas” pág. 127-128

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Ocaso

I
Como un interrogante o una esfinge, 
la mirada perdida
en el misterio de la gran llanura
altanero y sombrío
está el gaucho clavado
sobre el potro bravío.

La bárbara figura
se destaca atrevida,
sirviéndole de marco majestuoso
el azul esplendente de la altura
y el verde de la pampa, victorioso.

-¿Dónde está mi camino-
parece preguntar con la mirada:-
¿Dónde la huella, dónde el derrotero?-
¿Es un héroe o es un loco
este altivo guerrero
de la noche de América triunfante
parado frente a frente del destino
como una esfinge o un interrogante?

-¡El pueblo que ha contado con mi brazo
me arroja de su seno como escoria
-resaca de la mar, barro de río-
después que con mi brazo hice su historia!
Y la férrea figura
curtida de los soles el semblante
y el alma de amargura, 
con gesto de amenaza
deja de ser esfinge
para ser la Sibila de su raza.


II
-Odio y resignación llevo escondidos
en los hondos repliegues de mi alma
y hay rencor en mi acento
porque sufro el desprecio del hermano,
¡el mismo a quien mi aliento
en la ruda contienda
ayudó a libertar de su tirano!

En cruz los brazos, la mirada al viento,
con la actitud del fuerte
que nada busca ya, que nada espera,
porque todo lo tuvo y lo dió todo,
marchó solo y triunfante
llevando por bandera
mi dolor arrogante…
¡Mi dolor, que es mi fuerza y es mi escudo,
mi dolor, que es mi cumbre y es mi gloria!
¡Dolor que está en mi frente
grabado por el sol de la victoria!
¡Cúbranse de vergüenza
todos los que han querido
colocar bajo el taco de sus botas,
como a un puma dormido,
el orgullo del gaucho americano!
¡Libre soy, libre he sido,
libre debo morir!...
-En el desierto
se hizo débil la voz como un gemido.
¡Cerró el gaucho los ojos
y en su propio caballo quedó muerto!

Alberto Ghiraldo 
“Letras” pág. 158-160

martes, 24 de septiembre de 2019

Han venido

Hoy han venido a verme
mi madre y mis hermanas.
Hace ya tiempo que yo estaba sola
con mis versos, mi orgullo… casi nada…

Mi hermana, la más grande, está crecida,
es rubiecita; por sus ojos pasa
el primer sueño.
He dicho a la pequeña:
—La vida es dulce. Todo mal acaba…

Mi madre ha sonreído como suelen
aquellos que conocen bien las almas;
ha puesto sus dos manos en mis hombros,
me ha mirado muy fijo…
Y han saltado mis lágrimas.

Hemos comido juntas en la pieza
más tibia de la casa.
Cielo primaveral… Para mirarlo
hemos abierto todas las ventanas.

Y mientras conversábamos tranquilas
de tantas cosas viejas y olvidadas,
mi hermana, la menor, ha interrumpido:
—Las golondrinas pasan…

Alfonsina Storni

lunes, 23 de septiembre de 2019

La jaca muerta

Yace junto al camino, roja, y despanzurrada.
Un ladrón vagabundo le desolló la piel,
dejándole en los ojos una torva mirada
y entre los blancos dientes una sonrisa cruel.

¡Pobre jaca de carro! Largos años uncida,
gimió bajo el azote del látigo feroz;
y cuando ya no andaba de enferma y dolorida,
la echaron a los campos, al ampara de Dios.

Una clara mañana la topé que venía
arreada por la muerte, con inseguro paso,
por el blanco camino del sórdido arrabal.

Y esa tarde, al regreso, vi su lenta agonía,
y en las pupilas turbias y vueltas al ocaso,
la postrera nostalgia de su cerro natal.

Juan Carlos Dávalos 
“Letras” pág. 154