sábado, 17 de diciembre de 2022

La ruta del hambre

Esta es la calle de los encontramos en desgracia
informes por bajo la mesa y mujeres acostadas sin quitarse las medias.
Cariacontecidos asesinando los días
esperan futuros astrológicos y gente de velorios;
la gente que trae las suerte,
los empleos frecuentes saliendo por el otro agujero,
las oportunidades entregándose
y fortunas incansables para los fracasados sin horca a mano.
Esperados pacientes cuando la luna se caiga de madura.
La perra vieja llegará al trote,
la perra de los huevos de oro al extremo un hombre comprometedor.
Por aquí vendrá porque yace en los brazos de las bodas
aquel dejó su angustia estorbando al otro señor
pero los anteojos son anhelantes de por sí,
y cualquiera puede mostrar sus tripas de honesto.
De manera que ahí estaban ellos
y las paredes que mojó Florencio Sánchez de tantos
cuente conmigo
sin hacer la digestión digo mil veces entidades.
Y medianoches duras con grillos helados
un sobretodo metido en ustedes mismo como atormentados
y arrepentidos en ruina buscando la demencia.
La perra.
Ahí
en Rioja y Mitre qué hacían. Un estremecimiento
en suma, los han llenado de peines y cucharitas de café.
Inciertos rufianes fingieron sur huéspedes que hablan
porque usted miraba el caballo que fuma y pasó la perra;
vaya con lamentosos en enjambre llevando signos convenidos.
Detrás del morocho de gris, la moneda de sus mujeres
y visitas a las cinco de la mañana.
Esta es la calle del arte y la rabia siguiendo no vale la pena,
garroneros con ojos de madera:
“Desde las 24 puchero a la española 80 ctvs.”
Alucinados exentos de todo pecado
entre dolorosos cielos muriendo con desgracias y perros corridos
por donde todas las cosas bailan olvidadas.
Hombres definitivamente despiertos
y sollozando sin espectadores en sus telarañas,
aislando esqueletos duros exigiendo como empujones insensatos
seguir.

Facundo Marull
Del libro en prensa “Ciudades en Sábado”
Revista Nun, N°1 Rosario 1941, p.23

viernes, 16 de diciembre de 2022

Maternidad

Para el hombre que tuvo una buena madre
todas las mujeres son sagradas en memoria
de ella.
J.P. Ritcher

La madre es la mayor heroína del mundo. Nadie hace tantos sacrificios ni soporta tantos sufrimientos, como sin una queja, soporta ella en bien de sus hijos.
¿Qué comparación tiene el dar la vida por un amigo en el fragor de una batalla o en los horrores de un naufragio, con el perpetuo sacrificio de muchas madres reiterado día tras otro durante más de medio siglo?
¡Cuán pequeños resultan los héroes mundanos en comparación de la heroica madre!
En el seno de la familia no hay servicios tan valiosos como los de la madre.
No hay descanso para la solicitud.
Sobre ella recaen todos los menesteres domésticos, desde la confección de las comidas hasta el semanal repaso de la ropa, aparte de las mil menudencias que interpoladas entre los habituales menesteres le ocupan mente y manos durante todo el día, y a veces hasta muy entrada la noche cuando ya toda la familia reposa.
Por muy amoroso y prudente que sea el padre, las cargas más pesadas y las más graves preocupaciones de la vida del hogar recaen sobre la madre, cuyas virtudes domésticas son para los demás individuos de la familia, especialmente para los egoístas, una tentación que los mueve a abusar de ella, creyéndose con derecho a echarle encima todas las cargas del hogar sin que nadie se lo agradezca.
Muchas madres proletarias sacrifican en beneficio de sus hijos todo cuento en más estiman la generalidad de las gentes.
Sacrifican gustosas su salud y aún se quitan el pan de la boca para que sus hijos puedan recibir instrucción complementaria.
Van de casa en casa a lavar ropa, fregar suelos y otros serviles menesteres, a fin de que sus hijos aprovechen las ocasiones que ellas no tuvieron en disposición de aprovechar.
Sin embargo, la mayor parte de las veces es la ingratitud, cuando no el menosprecio, la siniestra recompensa de su sacrificio.
Hay quienes al morírsele la madre se gastan un dineral en el entierro y le dedican hermosas coronas, mientras que en vida no se acordaron jamás de obsequiarla con una flor.
Uno de los más tristes casos que darse pueden es el de la angustia de un hijo que en la prosperidad no se acordó de que a su madre se la debía.
Por ingrato y descastado que un hijo se muestre y por mucho que se degrade en el vicio o en el crimen, siempre está seguro del amor de su madre que no le abandonará aunque todo el mundo le abandone.
Así dice Rudyard Kipling en su poesía “Amor maternal”:
“Si me ahorcaran en la más alta montaña, sé, ¡oh! madre, que hasta allí me seguiría tu amor.
Si en el más profundo mar me ahogara, s sé, ¡oh! madre mía, que hasta mi llegarían tus lágrimas.
Si me maldijeren en cuerpo y alma, sé, ¡oh! madre mía, sé que tus oraciones invalidarían la maldición.”
Seguramente no hay otro amor tan intenso como el de la madre que acompaña al hijo desde la cuna al sepulcro sin jamás abandonarlo por muy desgraciado o perverso que llegue a ser.

Orison Sweet Marden.
En Hojas Sueltas 122-124

jueves, 15 de diciembre de 2022

El Emigrante de Landor Road

Sombrero en mano entró, con el pie derecho,
en lo de un sastre muy elegante proveedor del rey.
Este comerciante acababa de acomodar algunas cabezas
de maniquíes, vestidos como se debe vestir.

La multitud, en todos sentidos, se movía mezclado
sombras sin amor que se arrastraban por el suelo.
Y las manos, hacia el cielo pleno de placas de luz,
volaban a veces como pájaros blancos;

“Mi barco partirá mañana para América y no volveré jamás,
con el dinero ganado en los prados líricos,
guiar mi sombra cegada en estas calles que amaba;

pues volver, está bien para un soldado de Indias!
Los bolsistas han venido todas mis condecoraciones de oro fino;
pero, trajeado de nuevo, quiero dormir, al fin
bajo los árboles plenos de pájaros mudos y de monos.

Desvestidos, para él los maniquíes,
sacudieron los trajes, después se los probaron.
El traje de un lord muerto antes de pagarlo,
lo vistió, al regateo, como un millonario.

Fuera, los años
miran la vidriera,
los maniquíes victimas,
y pasan encadenados.

Intercalados en el año, estaban los días viudos.
Los viernes cruentos y lentos de entierros,
los blancos y de todos negros, agobiados por los cielos que llueven,
cuando la mujer del diablo ha golpeado a su amante,

después, en un puerto de otoño con hojas indecisas,
cuando las manos de la gente hacen de follaje allí también,
sobre el puente del barco, posó su valija,
y se sentó.

Los vientos del Océano soplando sus amenazas
dejan en sus cabellos largos besos humedecidos.
Los emigrantes tienden, hacia el puerto, sus manos cansadas
y otros, llorando, están arrodillados.

Miró largamente las costas que morían;
solos barcos de niños tiemblan en el horizonte.
Un ramillete muy pequeño, flotando a la ventura
cubrió el Océano con una inmensa floración.

Hubiera querido ese ramillete, como la gloria,
jugar en otros mares entre todas las ondas
y se tejía, en su memoria,
una tapicería sin fin
que figuraba su historia.

Pero para ahogar, como piojos,
esas tejedoras testarudas que, sin cesar, interrogan,
se casó como un dogo
a los gritos de una sirena moderna, sin esposo.

¡Hinchate hacia la noche, oh mar! Los ojos de los tollos
han acechando hasta el alba, desde lejos, ávidamente,
cadáveres de días roídos por las estrellas,
entre el ruido del oleajes y los últimos juramentos.

Versión e Alberto Mántica
Revista Nun, N°1 Rosario 1941, p.21

miércoles, 14 de diciembre de 2022

El lado de afuera

El repiqueteo de una lluvia tenaz e intensa llenó el incómodo silencio. El hombre sentado frente a mi se revolvió inquieto en su asiento. Un estremecimiento, aunque no de frío, me recorrió entero; constituía sin duda una notable experiencia el tener escritorio por medio a un asesino de verdad. Me sentía emocionado y feliz; este hombre, que había terminado con la vida de otro hombre. no era producto de una idea ni la resultante de mi condición de autor de novelas policiales. Era algo real, tangible, presente. Esas manos —dedos largos, delicados, casi femeninos— habían ejecutado un determinado acto suprimiendo una vida; al imperio de su voluntad —momento cumbre de la decisión—. otro hombre había dejado de “ser”.
El desconocido clavó en mí sus ojitos, hundidos en las cuencas y movió su bigote con nervioso gesto de ratón.
—Se ha quedado callado —afirmó con voz grave.
Sonreí a medias.
—No es para menos. Considere mi situación. Usted se presenta en mi casa en una noche lluviosa y fría, tal como debe ser en todo cuento de misterio, y sin mediar presentación, apenas si una leve inclinación de cabeza, me suelta esta frasecita: “Acabo de matar a alguien”. No es precisamente una cosa que se ande contando por ahí, o a la que se otorgue mucha publicidad. Forzosamente tengo que pensar que se trata de una broma de mal gusto o que estoy frente a un...
El hombrecito suspiró:
—Sí. comprendo. Quiere decir frente a un loco. Pero se equivoca usted en los dos supuestos. No es broma, y mis facultades mentales funcionan normalmente. Ocurre que necesito su ayuda, digamos, profesional.
—Sinceramente, no lo entiendo.
—¿Qué hay que entender? He cometido un crimen. Por eso me resulta difícil crear detalles, coartadas que alejen de mí toda posibilidad de sospecha. Eso vengo a buscar: una coartada.
—Pero, es absurdo. ¿Qué seguridad tiene de que no lo denunciaré a la policía?
—Ninguna —volvió a suspirar—. Pero lo conozco lo suficiente como para correr el albur. Es usted mi autor policial favorito. —Traté de interrumpirlo, con un gesto de modestia, pero él continuó: —Le aseguro que es verdad. Admiro su sed de aventuras, su curiosidad insaciable.
—Pero, ¿cómo puede saber tal cosa de mí, con el único antecedente de mis cuentos?
—Ya le he dicho que poseo una mente analítica. Cuando leo algo, veo al autor detrás de cada palabra. Sé bien que desespera por un tema para su nuevo libro, y sé también que de contar con el dinero suficiente estaría gozando como espectador de la crisis argelina Si aceptara mi proposición, aun cuando llegaría tarde a Argelia, tendría una butaca de primera fila en el próximo incendio en pequeña escala... tan comunes en nuestro mundo.
Su sangre fría me asombraba y me daba la impresión de estar conversando con un pez. Extraño ser: un pez. ¡Me gustó la imagen... Dios! ¡Allí estaba la trampa! Sin duda el hombrecito conocía mis debilidades.
—Muy bien. ¿Qué es lo que me propone?
—Dinero suficiente para viajar durante varios años y una experiencia que vigorizará y dará autenticidad a su literatura. ¿Me entiende? Me estoy ofreciendo como conejillo de Indias.
Si, era lo que me había supuesto. El condenado pez utilizaba conmigo una gran astucia. Supe que estaba perdido, que terminaría por seducirme la absurda aventura, la posibilidad de vivir un crimen del lado de afuera. Cerré mi cerebro a todo atisbo de sensatez y pedí con voz solemne:
—Lo escucho. Comience usted...

* * *

El reloj dio las doce de la noche.
En principio, el relato me había decepcionado un poco. El hombrecito, que dijo llamarse Remigio Pitt, había asesinado a su mujer. ¿Motivos? El más vulgar del mundo: le había hecho para impedir su fuga con otro hombre. Lo miré con curiosidad. No parecía poseer el temperamento del que comete un crimen pasional. La historia no ofrecía mayores posibilidades
—¿La amaba mucho? —pregunté por decir algo.
—Sí. Elizabeth era rubia, frágil; tan bella y etérea como una princesa de cuento infantil.
—¿Y por qué no la dejó ir? —Me indignaba la idea de que una mujer hermosa se hubiera casado con ese extraño engendro que tenía delante—. Si la quería de verdad, ¿no hubiera deseado verla feliz?
—Sí, claro; pero ocurre que con ella iba a ser feliz un joven de potentes bíceps y sonrisa idiota. Un trio perfecto: belleza, músculos... y millones.
Di un respingo: la cosa prometía ponerse más interesante.
—¿Millones?
—Comprenda. Yo no podía permitir que ella y sus millones me abandonaran.
—¿Muchos? —pregunté con un hilo de voz.
—Quince o dieciséis, no lo sé con exactitud. Su padre, un inmigrante italiano que se hizo rico con la venta de terrenos anegadizos, confió en mí, su secretario de muchos años, y me entregó su hija y su fortuna. Temía que ambas cayeran en manos de un oportunista como este señor de ahora. Yo prometí cuidarlas y he cumplido: he ahorrado a Elizabet el dolor de una desilusión y el dinero quedará en la familia: no terminará despilfarrado por un cualquiera.
Su cinismo me dejó helado y por un momento temía dejarme convencer por su lógica.
—Uno de esos millones será para usted, amigo mío. Piénselo bien. Ni en toda la vida ganará con sus libros una suma tan considerable.
—¿Y si me negara? —inquirí bruscamente, tratando de asignarme importancia—, ¿qué haría usted?
—Matarlo, claro. Sabe.... Creo que el matar es como sacar la primera aceituna de un frasco o conseguir el primer beso de una muchacha; después de uno, los demás son fáciles —rio con una risita hueca y desagradable—. Seria original, ¿no? Digo, que en su cuento muriera hasta el propio autor. Una técnica sumamente efectista.
Confieso que yo, el autor de innumerables crímenes capaces de enloquecer de terror a tías solteronas y señores gordos, sentí en ese momento el aguijón del miedo clavarse agudo en mi carne.
Era inútil seguir hablando: Remigio Pitt estaba dispuesto a todo. Su decisión, el millón de pesos y mi malsana curiosidad me arrastraban como un imán. Tomé mi impermeable y lo invité a salir
—Vamos a su casa —le dije—. Allá me contará el resto.

* * *

Vivía en una villa algo apartada, enclavada en un repliegue montañoso. Me gustó el lugar; presentaba buenas posibilidades.
Entramos. Las habitaciones estaban sumidas en el silencio y las sombras. Remigio Pitt hizo girar una llave y una luz tenue alumbró la estancia. Era un dormitorio, arreglado con exquisito gusto femenino. Pero no tuve tiempo para reparar en más detalles de esa índole, porque tendida en la cama y envuelta en un “desabillé” —vaporosa nube de gasa— estaba ella.
Me quedé mirándola boquiabierto. Era aún más hermosa que lo que había supuesto. Su rostro no tenía la rigidez de la muerte. “La bella durmiente”, pensé.
—¿Cómo la mató?
—Un golpe en la cabeza. Fue todo muy rápido e imprevisto. No tenía armas a mano.
—Mejor así. Si hubiera sido un tiro, tendríamos un verdadero problema. Pero termine de hacerme conocer los hechos.
Fue hasta la habitación contigua y regresó con dos vasos de coñac.
—Tome un trago —me dijo—. Bien, trataré de resumir. Hace una semana salí de viaje de negocios; ella quedó en la villa. Anoche hablé por teléfono con la mucama para anunciar mi regreso. Imagine mi sorpresa cuando la muchacha me dijo que la señora Elizabeth había despedido a la servidumbre y pensaba viajar para reunirse conmigo. De inmediato comprendí la verdad: hacía un tiempo que sospechaba la existencia de un amante y ahora las palabras de la mucama me alertaron sobre un posible abandono. Le pedí que no dijera nada de mi llamado, pues quería dar una sorpresa a mi mujer.
(“¡Y vaya si se la diste!”).
—Sí, claro, ¿y después?
—Regresé esa misma noche. Por un secreto impulso, evité la carretera principal. Nadie advirtió mi llegada. Encontré a mi mujer preparando sus valijas; discutimos; y cuando me convencí de que nada podría disuadirla de su insensato propósito de divorciarse de mí, en aras del jovencito musculoso, decidí matarla. Vi el pisapapeles y...
—¿A qué hora fue eso?
—A las once, aproximadamente.
—Y a las once y media se presentó usted en mi casa.
—Soy un hombre de decisiones rápidas —dijo con desenvoltura.
Miré el reloj. Aun no era la una. Perfecto: teníamos el tiempo necesario. En unos minutos elaboré un plan que me pareció aceptable.
—Lo principal es prepararse una coartada. ¿Puede usted regresar sin ser visto y volver haciendo notar su llegada?
Dudó un momento.
—Creo que sí —dijo por fin—. ¿Y usted, qué hará?
—Es mejor que no lo sepa hasta que todo esté arreglado. El que yo realice parte de su trabajo, le permitirá obtener la anhelada impunidad.
Remigio Pitt denotó algún nerviosismo; quizás le era duro confiarse por entero. Le ofrecí un cigarrillo, que tomó con dedos temblorosos y me indicó con un gesto un encendedor de mesa. Le di fuego y él me agradeció con una sonrisa; me sentí bien ante su falta de seguridad.
—Creo que mis nervios están empezando a aflojar.
—Es mejor que se vaya cuanto antes. Regrese dentro de una hora y trate de hacer bien su papel.
—Mi salvación está en sus manos —me dijo con tono de melodrama.
“¡Cómo me gustaría hundirte!”, me sorprendí pensando.

* * *

Quedé en la casa, solo con la lluvia y el cadáver. Como primer paso fui al garaje y dejé a la vista un gato, al que previamente averié, y varias herramientas; luego saqué el auto de Elizabeth y pinché un neumático. Como mis sagaces lectores habrán adivinado, el objeto de esas maniobras era hacer creer a la policía que la muchacha, al no poder cambiarlo, se había arriesgado a conducir el auto en malas condiciones hasta la próxima estación de servicio. Pero, desgraciadamente, el camino escarpado y el tiempo lluvioso precipitarían el desastre.
Regresé al dormitorio. Traté de borrar concienzudamente todas las posibles huellas digitales, cuidando dejar impresas las de la víctima.
¡Elizabeth! Aun hoy, un violento temblor me sacude cuando la recuerdo. Siento todavía su carne blanca y fría, seda al roce de mis dedos; huelo la fragancia de sus largos cabellos rubios y la piel se me eriza. Tuve que realizar la macabra tarea de vestirla y hasta de maquillarla, pues debía dar la impresión de una feliz y hermosa muchacha corriendo al encuentro de un marido, o de un amante, según la versión que prefiriera la policía. Sé que no podría repetir un momento semejante, sobre todo después de haberme enamorado de Elizabeth.
Pero me estoy adelantando demasiado. Esto debería haberlo contado un poco más adelante, para dar una mayor sorpresa a mis lectores. Perdonen esta falta de habilidad para guardar el suspenso, pero escribo en tal estado de excitación emotiva que no puedo ser muy cerebral.

* * *

Todo salió de acuerdo con lo planeado. Desbarranqué el auto en la primera curva, no sin antes haber dado un beso de despedida al cuerpo frío de la muchacha. Me costaba destruir algo tan hermoso. Llevado por un extraño rapto, saqué de la villa algunos objetos pertenecientes a la muerta: un fino pañuelo de encaje, cartas, un libro —los “Veinte Poemas de Amor” de Neruda— y. me avergüenza un poco contarlo, un frasco del embriagador perfume que usaba. Regresé a mi casa abatido y triste, odiándome y sintiéndome despreciable. La soñada experiencia de participar de un crimen desde el lado de afuera, me había resultado sórdida y agobiante. Además, un leve escozor, una subconsciente advertencia de haber dejado un cabo suelto, me restaba tranquilidad.
Remigio Pitt hizo bien su parte. Regresó a la hora y pasó por su club, haciendo notar su presencia y aclarando que volvía de un viaje. Preguntó a un amigo, vecino de la villa, si había visto allí a Elizabeth.
La policía no encontró motivos de sospecha y el informe final determinó: “accidente”.
Enterraron a Elizabeth una plácida mañana de sol. Sin poder evitarlo, asistí al sepelio. Fue entonces cuando advertí que odiaba a Remigio Pitt tanto como amaba a su mujer. Al verlo, compungido y lloroso, recibiendo el pésame de sus amistades, sentí que una oleada de calor me subía a la cabeza y resecaba mi boca, dejándome un gusto amargo. Era el odio.
Los días siguientes fueron de pesadilla. Me drogaba a cada instante con los pequeños objetos que me ayudaban a recordar a Elizabeth. La sentía como un ser vivo o un fantasma siempre presente: advertía su dulzura, su sensibilidad, su exquisitez femenina, y lloraba su pérdida sin antes haberla encontrado jamás. En tanto, Remigio Pitt era feliz. Feliz con sus millones en perspectiva, su aparente impunidad y su fría sangre de pez. Feliz en tanto yo agonizaba de dolor y remordimientos.
Sabía que el hombrecito cumpliría con su parte del pacto, pero yo no deseaba su sucio dinero, el dinero de mi pobre Elizabeth. Y decidí traicionarlo.
Mi libro —“La historia de Remigio Pitt”— llegaba a su fin; yo escribía con la celeridad y urgencia del que debe cumplir algo a breve plazo. Revolviendo mis notas encontré el medio de perderlo. ¿Cómo no lo había pensado antes? Acicateado por mi sed de venganza, aun cuando pretendiera disfrazar mi primitiva pasión sublimándola por un ideal deseo de que se hiciera justicia, no tardé en dar con la mucama que atendiera a Remigio Pitt la noche antes del asesinato de su mujer. La chica, una españolita de grandes ojos asustados, terminó por ceder ante mi insistencia y me confesó que su patrón le había dado dinero para asegurar su silencio, en caso de ser interrogada por la policía. Me inquietó. ¿Así que el hombrecito había andado ajustando detalles a mis espaldas? ¿Qué quería decir eso?
Pero mi odio era demasiado oscuro, ciego, como para detenerme a pensar a mitad de camino. Obligué a la temerosa mucama a contar a un inspector amigo cierta historia que yo previamente fabricara. El la escuchó atentamente y por su rostro advertí que asignaba importancia al asunto.
—¿Por qué no se presentó antes? —quiso saber.
—Bueno... tenía un poco de miedo y no creí que fuera del todo necesario.
—¡Oh, al contrario! Su aporte es de inestimable valor.
La mucama pasó a la habitación contigua para que le tomaran declaración. Quedé a solas con mi amigo:
—¿Qué te parece? —aventuré.
—¡Hum...!, no sé. Para serte sincero, te diré que nunca me gustó el marido (“A mí tampoco”). He notado en él algo viscoso, siniestro; una sinuosidad de gusano (“Decididamente, viejo, eres demasiado inteligente para ser policía”). Por desgracia, es poca evidencia en su contra. No tenemos prueba alguna, excepto el hecho de que haya ocultado su llamado de la noche anterior y su conocimiento de la partida de su mujer.
Lógicamente, porque eso significaba comprometerme, no había podido hablar de su soborno a la mucamita, para objetar su silencio.
—Es muy poca cosa —continuó—. Muy poca cosa. Yo había pensado en la existencia de un amante. Hay un detalle que desconocerás, pues lo ocultamos a la prensa; encontramos huellas digitales que no pertenecen a la muerta, a Pitt o a la servidumbre. Aún no hemos podido identificarlas, pero confío en que lo lograremos. Como ves. el caso no está cerrado. Ahora mandaré detener al marido. Como él ignora lo que sabemos, quizás obtengamos algo —sonrió amistosamente—. No me mires con esa cara de asombro. No bien conozca algún otro detalle o la identidad del asesino, si es que hay algún asesino, te lo haré saber. Sé lo mucho que te interesan estas cosas.
Sentí un vahído y un penetrante zumbido en la cabeza. A mi lado, oí la voz preocupada del inspector.
—¿Qué te pasa? Te has puesto de un color verdoso. ¿Qué ocurre?

* * *

Salí a la calle; el aire frío me despejó. Caminé hasta mi casa, pues necesitaba ordenar mis pensamientos, razonar con claridad. No tardé en comprender lo que ya sabía: el diabólico hombrecito me había tendido una celada en previsión de una hipotética traición. Allí estaba la causa de mi intranquilidad, el escozor que experimentara la noche fatídica. Mi subconsciente me había advertido que algo quedaba por hacer, que no había borrado todas mis huellas. Me recordé con un vaso de coñac en las manos y ofreciendo fuego a un pobre diablo asustado, con un encendedor de mesa que después no volví a ver. Con seguridad, después que yo regresara a mi casa tras cumplir mi macabro trabajo, Remigio Pitt habla vuelto y colocado los objetos en lugar visible.
¡Maldito canalla! Su refinada maldad y astucia llegaba a tal extremo, que había dejado todo preparado para salvarnos o bien perdernos juntos. Nunca tuvo miedo, desde un principio supo qué hacer con lúcida claridad; jamás necesitó de mi ayuda, salvo para procurarse una coartada y dejarme la parte sucia de la tarea. Sí; lo había previsto todo, excepto que yo me enamoraría de su mujer y que lo delataría aún antes de cobrar el millón de pesos.
Y comprendí también que ya no tenía salvación.
Termino de redactar mi historia. Es una especie de confesión y espero que alguien la crea.
Ahora oigo que llaman a la puerta, pero no me sobresalto. Sé que es la policía.

Cuento de Ana María Ponce
Revista Vea y Lea, 14 de abril 1960 N°335, pp. 68-71

Los dos pretendientes

(Leyenda de Neuquén)

Los araucanos cuentan que sobre el cerro Trompul vivía una vez un cacique con una hija muy hermosa, que tenía por nombre Hormiga Blanca.
Un koná, o sea un mocetón araucano, amaba a la niña, pero era muy pobre para aspirar a la mano de la hija de un cacique. Además tenía un rival, el mago Cuervo Negro, un brujo ya entrado en años, con la piel enferma y la voz ronca.
Cuervo Negro también quería casarse con Hormiga Blanca y el padre de la joven no se atrevía a negársela, porque temía sus poderes mágicos. Cuando el mago le propuso eliminar al koná, aceptó, porque tampoco ese joven lo convencía. En el fondo esperaba poder deshacerse de alguna manera de los dos.
—A ese mozo le deremos un trabajo que le costará la vida —murmuró Cuervo Negro a los oídos del cacique.


Llamaron al muchacho y el cacique, siempre aconsejado por el brujo, le dijo:
—Tú pretendes a mi hija, pero no tiene séquito ni familiares nobles; no dispones de oro ni de piedras preciosas. Entonces haz lo que te ordeno: desciende por este abismo y en el fondo encontrarás grandes riquezas.
El abismo al que se refería el cacique era el respiradero del volcán Trompul, tan hondo, que nadie había visto su fondo. Solo se sabía que bien abajo estaban los espíritus de los antepasados condenados por su maldad. Eran los guardines de los tesoros escondidos en los más profundos del cerro y ningún hombre se había atrevido a bajar a buscarlos.
Hormiga Blanca pudo escuchar esas confabulaciones y advirtió al joven:
—Ten cuidado, apenas empieces a bajar, arrojarán piedras candentes encima tuyo.
El koná bajó por el tremendo respiradero y en cuanto encontró una gruta, se refugió adentro. No se hicieron esperar mucho las piedras, tiradas por los dos viejos para eliminarlos. Sin embargo al día siguientes el muchacho apareció entre ellos sano y salvo.
—¡Ayayay! —se lamentaron el brujo y el cacique. Pero bien pronto descubrieron otra tarea nefasta para el joven pretendiente.
—Sube a aquel árbol, desde donde se oye el chir, chir de los pájaros y trae un nido con huevos o pichones. Para demostrarme que no temes ni picaduras ni raspaduras, deberás ir completamente desnudo.
La fiel Hormiga Blanca pudo escuchar lo que Cuervo Negro había murmurado antes a los oídos del cacique y advirtió al muchacho que esa noche el brujo untaría la corteza del árbol con un poderoso veneno.
Entonces los dos enamorados prepararon una pomada de arcilla roja y grasa de ñandú y el koná, protegido por la misma, trepó sin dificultad al árbol. Allí encontró el nido y se lo puso al revés sobre la cabeza, escondiendo los huevos debajo.
Cuando los dos conspiradores lo vieron llegar vivo y para colmo con los huevos y el nido, ya no supieron qué cara poner. Sin embargo pronto al brujo se le ocurrió otro ardid, que murmuró a los oídos del cacique. Así fue que le dijo al joven:
—Tanto hiciste que mereces una recompensa. Daré una comida para los hombres más importantes de la tribu y en premio a tus esfuerzos, ocuparás el lugar de honor. Después de esta fiesta serás uno más entre los privilegiados de mi gente y quizá te dé la mano de mi hija.
¿Quién podía desconfiar de tan amable invitación? Sin embargo Hormiga Blanca había podido escuchar otra siniestra conversación entre el mago y su padre. Así fue como el koná se presentó a la comida con un cuero de tigre atado a la espalda, explicando que esa era la costumbre entre su gente en ocasiones especiales.
¡Cómo se asustaron los dos viejos cuando vieron que el joven profirió los gritos usuales para iniciar la fiesta, a pesar de estar sentado sobre el asiento atravesado por flechas envenenadas!
El muchacho había reforzado la piel de tigre con una buena protección.
El mago Cuervo Negro sentía que su piel se achicharraba aún más frente a la fuerza de ese joven y el cacique empezó a temer a tan invulnerable pretendiente.
Por la noche, después de la comida, los dos se encerraron y estuvieron confabulando hasta altas horas. La joven trató y trató pero no pudo escuchar lo que hablaban. El koná la tranquilizó; ya se sentía seguro de poder vencerlos.
A la mañana siguiente Cuervo Negro llamó al muchacho y junto con el cacique lo llevaron hasta un árbol inmenso, hueco de un lado, cuyas raíces se hundían seguramente en el mundo de los antepasados de la tribu. Algunos decían que llegaba hasta la base del mismo cerro Trompul.
—El tronco de este árbol está siempre repleto de agua —le dijo el brujo—. Hace mucho guardé adentro patatas, con la esperanza de que el tiempo las pudra. No sé si sabes que los brujos únicamente podemos comerlas así, pero no logro encontrarlas. Ante todo corta el tronco del árbol, después baja por él, a ver su puedes traerlas.
El muchacho se dispuso a cumplir esa tarea, aunque sabía que querían eliminarlo. El árbol era tan grande que seis hombres no podían rodearlo, pero trabajó y trabajó sin descanso. Se rompía un hacha tras otra, hasta que él mismo fabricó una con una piedra más filosa que encontró. Mientras tantos u rabia iba en aumento y cuando tuvo su nueva herramienta preparada, sintió que lo invadía una fuerza sobrehumana y pudo abrir una profunda hendidura en el tronco. Valiéndose de cuñas la agrandó, ya que tendía a cerrarse, después se acercó a Cuervo Negro y el dijo:
—Ahora buscaré tus patatas. Traigo una soga fuerte, tejida por mi madre. Bajo con gusto porque según me contaba mi bisabuelo, el agua de un árbol hueco limpia la piel y cura de los achaques. ¡Qué suerte la mía!
Pero el brujo gritó:
—¿Qué has dicho, malvado? Pues escucha bien. El único que rejuvenecerá soy yo.
Tan ansioso estaba el brujo por lograr la eterna juventud, que arrancó la soga de las manos del muchacho y soltó tan rápido como sus años se lo permitían dentro del árbol. Una vez que su cabeza desapareció el koná retiró las cuñas, la abertura del árbol se cerró y el brujo quedó aprisionado adentro.
El cacique, admirado por la tenacidad y valentía del joven le dio a su hija en matrimonio.
Algunos cuentan que el brujo Cuervo Negro sigue buscando la manera de salir. A veces todavía se escuchan sus gritos enfurecidos en el fondo del cerro Trompul.

Martínez, Paulina; Rey, Eva y Romera, Pirucha
En Leyendas argentinas, Bs As. Sigmas, 1994, pp. 59-60